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Cuánto cuesta la creatividad?

  • Foto del escritor: Lajuli
    Lajuli
  • hace 3 días
  • 5 min de lectura

Una de las preguntas que más nos hacemos en el mundo creativo es:

¿Cuánto dura la creatividad?

O incluso:

¿Cuánto tiempo puede tomar crear algo?

Estamos acostumbrados a medir el trabajo en horas, días y entregables. Pero cuando hablamos de creatividad, el tiempo puede ser una medida insuficiente.

Porque crear no implica únicamente estar frente a una pantalla.

Crear implica estar presente.

Y quizá una de las variables más importantes para comprender el trabajo creativo sea precisamente nuestra capacidad de entrar en un estado de presencia plena y sostenerlo durante un determinado período de tiempo.


La creatividad necesita presencia

Podemos pensar en la creatividad como una energía que interactúa con nuestra mente de una manera distinta a la de otras actividades.


Cuando entramos en un estado creativo, nuestra atención puede comenzar a navegar entre posibilidades, escanear información, conectar conceptos, diferir decisiones, discernir, escoger y encontrar relaciones que antes no eran evidentes.


Es un proceso de exploración constante.


Y para que ese proceso ocurra necesitamos algo que muchas veces damos por sentado:

presencia.


No solamente tiempo disponible. Presencia.


Porque podemos pasar ocho horas frente a un proyecto y haber tenido apenas dos horas de verdadera concentración. El resto del tiempo pudo haberse ido entre notificaciones, conversaciones, preocupaciones, cambios de contexto, cansancio o simplemente la dificultad de volver a entrar en el estado necesario para crear.


Por eso, para un creativo, aprender a reconocer y entrenar su capacidad de presencia puede convertirse en un activo mucho más valioso de lo que imaginamos.


¿Qué estamos cobrando realmente cuando cobramos creatividad?

Esta pregunta puede transformar la manera en que entendemos una cotización.


Cuando recibimos un proyecto, solemos preguntarnos:

¿Cuántas horas me va a tomar?

Pero quizás deberíamos empezar a preguntarnos:

¿Cuánta presencia va a requerir de mí?

¿Durante cuánto tiempo necesitaré estar realmente enfocado?

¿Podré desarrollar este proyecto mientras gestiono otras responsabilidades?

¿Cuánto desgaste mental implica?

¿Qué nivel de investigación necesita?

¿Cuánta información tendré que procesar?

¿Cuánto tiempo necesitaré para que una idea madure?

¿Y qué nivel de involucramiento emocional me va a demandar?


Estas preguntas nos permiten comprender que el valor de un proyecto creativo no está determinado únicamente por el tiempo que permanecemos ejecutando una tarea.

También está determinado por la calidad de atención que necesitamos poner en ella.

El tiempo no siempre representa la profundidad


No todos los proyectos creativos requieren el mismo nivel de profundidad.

Hay proyectos donde la información es clara, concreta y familiar. La investigación necesaria puede ser limitada y la traducción de la idea a una solución visual puede ocurrir con relativa facilidad.

Pero existen otros proyectos donde la información es abstracta, compleja o profundamente conceptual. Proyectos que requieren investigar. Observar. Conversar. Interpretar. Descartar. Volver a empezar. Dejar madurar una idea. Encontrar la conexión correcta.


En esos casos, el proceso creativo puede extenderse mucho más allá del momento visible de la ejecución. Y esto es importante porque muchas veces solamente contabilizamos aquello que podemos ver.

No contabilizamos las horas de pensamiento.

La investigación que ocurrió antes.

La conversación que permitió entender el problema.

La pausa necesaria para que una idea madurara.

El tiempo que tomó encontrar una solución que pareciera simple.

Sin embargo, todo eso también forma parte de crear.


La presencia también tiene un componente emocional


Existe otra variable que pocas veces contemplamos cuando aceptamos un proyecto:

¿Puedo sostenerlo en este momento de mi vida?

No somos máquinas creativas independientes de nuestro contexto.


Nuestra capacidad de concentración también está atravesada por lo que estamos viviendo.

Hay momentos donde tenemos una gran disponibilidad mental y emocional para profundizar en un proyecto.


Y hay otros donde nuestra energía está ocupada procesando otras cosas.

Esto no significa que debamos dejar de crear cada vez que nuestra vida cambia.

Significa que necesitamos aprender a reconocer nuestra capacidad real de sostener aquello que estamos aceptando.

Porque cerrar una venta no significa necesariamente que estemos preparados para sostener el proceso creativo que viene después.

Antes de decir que sí, quizá también deberíamos preguntarnos:

¿Puedo sostener energética, emocional y mentalmente este proyecto ahora?

Y después:

¿El precio que estoy cobrando corresponde realmente a todo lo que este proyecto me está pidiendo?


Cotizar también es conocernos

Aquí aparece una dimensión que me parece especialmente importante para quienes trabajamos en creatividad.


Cotizar no debería ser solamente calcular cuánto vale una pieza, una hora o un entregable.

También debería ser una forma de reconocer nuestros propios límites y recursos.


Porque si no sabemos cuánto tiempo podemos permanecer realmente enfocados, cuánto desgaste nos genera cambiar constantemente de contexto, cuánto nos demanda investigar o cuánto espacio necesitamos para que una idea madure, probablemente tampoco tengamos claridad sobre el verdadero costo de nuestro trabajo.


Entrenar nuestra presencia, entonces, no solamente puede ayudarnos a crear mejor.


También puede ayudarnos a cotizar con mayor conciencia.

A aceptar proyectos que podemos sostener.

A establecer tiempos más coherentes.

A reconocer cuándo un proyecto requiere una profundidad diferente.

Y, sobre todo, a dejar de sentir que debemos justificar nuestro valor únicamente por la cantidad de horas que pasamos trabajando.


El verdadero costo de crear

Quizá por eso el costo de un proyecto creativo no debería medirse únicamente desde el tiempo.

Hay que considerar la experiencia.

La concentración.

La investigación.

La capacidad de discernimiento.

La profundidad de la tarea.

El desgaste mental.

La gestión emocional.

El nivel de involucramiento.

La capacidad de sostener el proceso.

Y también algo que puede parecer intangible, pero que es fundamental:

el nivel de conexión que tenemos con aquello que estamos creando.

Hay proyectos que nos permiten entrar profundamente en nuestra capacidad creativa.

Otros requieren una energía que no tenemos disponible.

Algunos nos expanden.

Otros nos fragmentan.

Y reconocer esa diferencia también hace parte de crear una vida profesional más coherente.


Crear también es aprender a administrar nuestra energía


Quizá la pregunta inicial —¿cuánto dura la creatividad?— tenga una respuesta mucho más compleja de lo que imaginamos.

La creatividad no necesariamente tiene una duración fija.

Lo que podemos aprender a reconocer es cuánto tiempo somos capaces de permanecer verdaderamente presentes dentro de ella.

Y esa capacidad cambia.

Depende del proyecto.

De nuestro estado.

De nuestra experiencia.

De nuestro contexto.

De nuestra energía.

De nuestra relación con aquello que estamos creando.

Por eso, aprender a crear también implica aprender a conocernos.

Saber cuándo profundizar.

Cuándo detenernos.

Cuándo dejar madurar una idea.

Cuándo volver.

Y cuándo reconocer que algo necesita más espacio del que inicialmente habíamos calculado.

Porque cuando comenzamos a entender la creatividad desde la presencia y no solamente desde el tiempo, también cambia la manera en que entendemos nuestro trabajo.

Ya no se trata únicamente de cuánto tardamos en entregar algo.

Se trata de cuánta atención, energía, pensamiento y presencia fueron necesarios para darle forma.

Y quizás ahí encontremos una manera más justa y más coherente de valorar aquello que hacemos.

No solamente por las horas que ocupa.

Sino por la profundidad con la que fuimos capaces de estar presentes para crearlo.

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